martes, 1 de abril de 2008

FEDERICO GARCIA LORCA

A 70 años de su fusilamiento
En agosto de este 2006, se cumplieron 70 años del fusilamiento de uno de los máximes exponentes de la poesía y literatura española y universal contemporánea.
Ofrecemos aquí un texto enviado por uno de nuestros tantos lectores

Madrugada de un día de agosto de 1936. Al pie de la sierra de Alfacar, bajo un olivo y muy cerca de la aldea de Viznar, fue fusilado Federico García Lorca por los falangistas de Granada, quienes habían convertido en cuartel militar aquel lugar que era uno de los más bellos y atractivos por su vegetación y frescura. Cientos de hombres y mujeres –relata Ian Gibson, investigador inglés y gran admirador del autor del “Romancero gitano” (1)- fueron sacrificados como “indeseables” en la misma tierra deslumbrante de “colores, formas y sonidos” que fue cantada por el poeta en su primer libro “Impresiones y paisajes” (1918).

En la horrenda tabla de valores de los franquistas, en aquellos años de metódicos e ignominiosos fusilamientos, las virtudes imperantes eran la obediencia, la sumisión y el odio a tantas víctimas como Federico, “culpable” de su consagración a la poesía, a la música, al teatro y su apasionado trabajo desde y por español el pueblo, como republicano y antifascista.

Mezquinas serían estas referencias si no se tuviera en cuenta su dedicación al folklore, a la cultura andaluza y al mundo poético primitivo. El “Poema del Cante Jondo” y su “Romancero” (escritos entre 1923 y 1928) no son los únicos ejemplos de una actividad que años después lo destacaría como “el más fértil” integrante de la generación del 27, junto a Luis Cernuda, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre y Pedro Salinas, entre otros notables poetas.

Aquel momento trágico, en Vizmar, provocado por el régimen que se imponía a sangre y fuego persiguiendo y matando a la “canalla marxista”, según las órdenes de los llamados rebeldes de la Falange, no pudo hacer olvidar una de las creaciones más intensas e influyentes del siglo pasado,. Nos sorprende todavía recorrer la trayectoria lorquiana y recordar cada una de sus experiencias teatrales, como la creación de “La zapatera prodigiosa”, ·”Yerma” y “Bodas de sangre”, entre 127 y 1933, además de las representadas en “La Barraca”, el teatro universitario itinerante, entre 1932 y 1935.

Poco después de haber estrenado “con un éxito clamoroso”, al decir de la crítica, “Bodas de sangre”, Lorca estrena “Doña Rosita la soltera” y termina “La casa de Bernarda Alba”, sin dar tregua a su necesidad de manifestar su crítica a la opaca vida tradicional y católica, a las formales costumbres culturales.

Su viaje a Nueva York, en junio de 1929, determina un vuelco en la poesía de Federico, que se inscribe como alumno en la Universidad de Columbia. Allí, alejado del mundo de infancia y de la naturaleza (“pastores, campos, cielo, soledad y sencillez, en suma, fueron mis primeras emociones”), escribe uno de sus mejores libros: “Poeta en Nueva York”.

Federico se adelanta a su generación, despojándose de su retórica que en América Latina se iba dejando de lado, y adquiriendo un registro nuevo, conmovedor: “La aurora llega y nadie la recibe en su boca / porque allí no hay mañana ni esperanza posible. / A veces las monedas en enjambres furiosos / taladran y devoran abandonados niños”

El autor que había celebrado los acentos de Góngora, Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez, vivió “la experiencia más decisiva de su vida” y no pudo sustraerse a la complejidad y el desequilibrio social de un mundo de “gentes que vacilan insomnes / como recién salidas de un naufragio de sangre”.

Cuatro años después Lorca viaja a nuestro país y asiste a reposiciones de su obra por la compañía de Lola Membrives, en el Teatro Avenida. También visita Uruguay, y al volver a Buenos Aires es proclamado “Embajador de las letras españolas”.

“El canto quiere ser luz”, dirá Federico en su libro de “Canciones y Poemas gallegos”. Vendrán pronto los años en que la represión y la muerte durante el alzamiento de Franco, en una noche aterradora del 19 de agosto, lo transformarán en sombra y buscarán también hacerlo desaparecer en el olvido, en aquel lugar próximo a su Granada natal.

“ Su cuerpo jamás apareció, y se cree que han construido sobre su tumba lujosos chalets y elegantes casas de campo” - leo en un artículo reciente. Cuando quisimos saber dónde quedaba aquel lugar, “un paraje con un manantial natural que los árabes bautizaron como “Fuente de las lágrimas”, en una visita que hicimos a España hace más de treinta años, recuerdo que nadie se atrevió a dar algún detalle. El miedo todavía estaba instalado en la gente y no se podía nombrar a Federico...

Hoy no sólo seguimos nombrándolo, sino que recordamos como el más enaltecedor principio de vida y defensa de toda creación artística, lo que él mismo decía: “Ya vendrán lianas después de los fusiles / y muy pronto, muy pronto, muy pronto”...


(Ian Gibson: “La intensa vida de Lorca”, El País Semanal, México, 1º de febrero de 199

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