jueves, 19 de junio de 2008

Alejandro J. Ramón

El Ahijado

Era bajo y de piernas corva. En su cara más bien chica, cuadrada, lampiña y con picaduras de viruela, había dos ojos redondos atisbando bajo la vincha. Su único atuendo estaba compuesto por un poncho, chiripá, boleadoras atadas a la cintura y botas de potro.
Nunca supe si alguna vez dormía. Sus ojos relampagueantes y sus buidos sentidos lo mantenían en permanente alerta. Podía percibir lo que ocurriese en la Pampa, sin torcer siquiera la cabeza.
Desgranaba sus horas sacando tientos finos a cuchillo, de una lonja de cuero que ataba al horcón del alero, con los que trenzaba riendas, lazos y boleadoras, enclaustrado en una silenciosa lejanía. Comprendía la Castilla, pero jamás saltaba el cerco de su terca mudez.
Así era ese indio, que ni nombre tenía. Lo conocí en Fontezuelas, donde el tío Abdón era maestro de posta, cuando corría 1865. Por entonces yo cursaba estudios en Córdoba y él se ocupaba de atender los animales.
Sus caballos recibían mayores cuidados que una mujer. Tenían el pelo brillante, las clinas largas y ni una matadura. No cargaba talero ni espuelas, en pelo nomás y la mayoría de las veces sin enfrenar los montaba, gobernándolos a talón y rodilla, sin siquiera un cuerito sobre el lomo. Cada atardecer los llevaba al campo, bien lejos de las casas y allí les daba algarrobas amargas y los adiestraba en las pruebas más exigentes. Podían pasar horas parados o echados inmóviles, o correr boliados en el guadal, o aguantar largas marchas sin parar o la sed por días.
Me cautivó el ánimo con la hidalguía de su figura, su sobriedad y sus habilidades de soguero y amansador, en las que parecía haberse refugiado. Lo rondaba de lejos, resignado a no poder cruzar palabra con él. Le espiaba los gestos, el andar felino y el rumor de felpa de sus pies.
Un atardecer en que el cielo rosado temblaba sobre el desierto, soltó el trenzado como corrido por un gualichu, le bolió la pata al lobuno y se perdió entre los cardos, que para entonces doblegaban sus cabezas entre hojas arrugadas y tallos ennegrecidos, esperando que un pampero los tumbase.
Enfrené mi caballo, lo cinché con un pellón al lomo y seguí su rastro hasta que lo perdí. Entonces me paré en las ancas para otear, pero ni sombra del infiel había quedado. Anduve sin atinar hasta que apareció el lucero. Después de galopar más de tres horas hacia el poniente, lo había perdido en mi desquiciado avance.
Sin agua, rodeado de pajonales altos y espartillo, en medio de la oscuridad, con la lengua charquiada, un temor ladino comenzó a roerme el juicio. Eché pié a tierra y tendí el oído pero nada pude colegir, como no fuese el chistido de un búho que, con ojos amarillos de verdugo, me miraba sorprendido desde un tala.
Dormitaba cuando sentí que me tapaban la boca y me afianzaban la mano del facón. Abrí los ojos sobresaltado y lo reconocí.
––Sosiegue –dijo en voz sofocada.
Después me pidió ocultación con ademán recortado y ahí nomás arqueó el espaldar y serpeando sigiloso, se perdió en el fondo de la noche. ¡Había hablado!
Tieso me quedé, como pata de muerto, oyéndome los latidos, hasta que el alborear resucitó la belleza de la Pampa, abandonada al albur de la Naturaleza.
Menos trágico fue mi regreso. El indio no apareció por la posta en varios días, hasta que una mañana vi su melena larga, lacia y opaca moverse por el corral. Me le acerqué pero él se mantuvo envuelto en su sagaz silencio. Cuando hubo de completar el encierro, calentó agua, me ofreció un mate y una cabeza de caballo para que me sentara, sin pronunciar palabra.
Trascurrieron dos semanas cuando unos conocidos me convidaron a acompañarlos hasta Río Cuarto. Nunca había salido de la posta más que en los viajes desde Córdoba y con la ilusión de dormir a la intemperie, sobre el recado, en plena libertad, acepté entusiasmado.
Galopábamos por territorio de bandidos e indios alzados, siempre con un par de pistolas al cinto, desde antes del amanecer hasta dos horas después de caer la noche. Me apeaba entumido, apenas si podía tenerme en pié, ni siquiera hablar, tanto era el cansancio.
Ya en destino, en la matera del fortín, un soldado de leva me contó la historia de doña Amancia Ruda, recién escapada de los toldos.
––Se la robó Baigorrita durante un malón hace más de diez años ­–dijo. –Degollaron a los padres y al marido, y lancearon a los tres hijitos. El indio, al verla blanca y joven, la atravesó en la cruz del caballo y así la mantuvo tres días, galopando sin parar, hasta llegar a las salinas. En todo el tiempo que estuvo cautiva, dicen que no pronunció palabra. Mujer tozuda si las hay, intentó varios lances de fuga. La última vez le cuerearon a cuchillo la planta de los pies. Se salvó gracias a un ahijado del cacique Pichun, de nombre Mariano. Fue quien cuidó de sus heridas con sebo de potro y yuyos secretos. Él pensó que debía ser quien heredase el cacicazgo, pero el viejo optó al fin por Baigorrita. Un buen día, después de una entrada que le hicieron a Pergamino, de la que salieron con 25.000 cabezas de vacunos por delante, el tal Mariano desertó. Según se dice, quedó aquerenciado en Fontezuelas, dolido por la traición de su padrino.
Al escuchar la historia, me di un galope hasta la estancia de sus finados padres, donde doña Amancia, que recién se anotició de la matanza al regreso, vivía casi en reclusión.
La mujer, rodeada de muebles orgullosos que hablaban de una opulencia desvanecida, era de unos cuarenta años, grave y suave en el decir, esbelta y de antigua lindura. Aunque la pátina del sufrimiento la había desvaído, conservaba una expresión altiva. El celeste profundo de los ojos le daba fiereza a su mirada, tenía la piel curtida y los cabellos rubios hechos rodete, que llevaba ensartado con dos topos de plata. Me le presenté diciendo que conocía al indio que la había salvado y le conté la historia que corría en el fortín.
––Estoy aquí gracias a él. Ese indio no daba paso sin sentido y como era hombre de posibles aprendió a leer con Manuel Baigorria, un Coronel que vivió en los toldos muchos años, que maloneó y hasta llegó a cacique, y apadrinó a Baigorrita poniéndole su mismo nombre. Debo decirle aquí, que era hijo de Pichun, por eso llegó a cacique, y por ser bravo y fuerte, el mejor. Mariano era sólo ahijado, pero fue quien curó las heridas de mis pies, eso usted ya lo sabe. Cuando apenas podía arrastrarme me llevó a hombros, cada día, hasta el agua dulce. De él aprendí a orientarme en el desierto y a buscar aguadas. Dijo que era mejor escapar separados. Prometió velar por mí y cumplió nomás. Apareció cuando ya tenía encima el retumbo de la indiada que venía sobre mi rastro. Me metió al pajonal y allí quedamos los dos tumbados como difuntos, con los caballos echados, quietitos. Un día estuvimos sin gota de agua, aguantando los rebencazos del viento. Me trajo hasta aquí sin dormir, venteando como tigre perseguido. Conoce la música exacta de los astros, del vuelo de las aves, de los pastos y Dios sabrá de cuantas cosas más. Le ofrecí quedarse pero no consintió, en la creencia que cualquier día Baigorrita viene a carnearlo y es preferible que sea donde yo no esté.
––¿Cómo habrá maliciado de su apuro, señora, a tantas leguas?
––Ese indio sabe, sabe todo lo que pasa en el desierto. No sé cómo se entera, pero se entera.
La mujer hablaba… con cierta melancolía, se sentía la presencia de la ausencia.
––Por allá nadie descifra si tiene dientes, como no abre la boca más que para comer y eso lo hace sólo. Nadie le ha escuchado hablar, ni reír, ni llorar, nada, ni bosteza.
––Yo conozco ese mal, es el silencio de la desesperación –dijo y quedó pensativa, con una sombra cruzándole la mirada.
Cuando llegamos a Fontezuelas, Mariano estaba terminando de encerrar la caballada para la galera, que ya se anunciaba con el ronquido del cuerno. Recogió el lazo con la vista puesta en la vaguedad del horizonte y enfiló hacia donde tenía una mulita al rescoldo. Cuando me le acerqué, cortó y me convidó.
––En Río Cuarto hay una mujer que te conoce porque le has salvado la vida dos veces. Dice que anda necesitándote –le dije.
––Sosiegue –contestó en voz muy baja y sin levantar la vista del suelo.
Después siguió un largo silencio que yo usé para semblantearlo. Mariano se mantuvo seco y quieto, aunque las bolillas de los ojos parecían quererse escapar del encierro.
––Me tendrías que enseñar a galopar prendido de las clinas, o colgado de la panza.
Al indio se lo veía receloso, barruntaba traición.
––Yo podría enseñarte a cambio algunas otras cosas. Por lo que he escuchado, si pensás en quedarte por aquí, tendrás que ser baquiano con las pistolas y el fusil, podrías defenderte mejor y si cuadra, defender a quien quieras.
Por primera vez me miró de frente. Esos ojos con siglos de sufrimiento y bizarría, habían perdido salvajismo, parpadeaba lento sosteniendo la vista sin esquivar, como buscando un vislumbre de sinceridad.
Yo sabía que le saltaban los espectros, los indios fueron siempre mentidos. El blanco los ha engañado, los ha engañado siempre, sus palabras fueron puras brillazones, después los ha dejado en la estacada, los ha matado por la espalda sin respetar viejos, ni mujeres, ni cría y se ha quedado con los pastos, con los animales cimarrones, con las aguadas, con todo.
En eso pensaba, podía leer su mente, pero le había hecho germinar la duda. Le estaba ofreciendo poder a cambio de casi nada, no era una ración lo que le ofrecía, era el ser capaz de dominar la distancia y el tiempo. La bala supera en alcance a boleadoras y lanzas, y da una seguridad que podría acortar el reencuentro.
––Ah, y me tenés que enseñar a amansar de abajo, sin garrotear, a entenderlos cuando hablan con las orejas y esas cosas.
Mariano colgó el lazo en un hueso que tenía clavado en la pared del rancho y volvió a salir. Uno de sus caballos se le acercó sin que haya mediado gesto o sonido de parte de él. Me echó una mirada de reojo y dijo
––Mañana, potro. –Después lo subió de un salto y se alejó haciendo ondular el poncho en la brisa, perdiéndose bajo el cielo apenas estriado por tenues nubes amarillentas.
––¿Conseguiste hacer hablar al indio? –Me preguntó el tío Abdón mientras mateábamos, cuando el alba todavía titubeaba.
––Y… nos vamos entendiendo –le contesté –Quería avisarle, tío, que hoy voy a tirar unos tiros al campo.

Mar del Plata. Argentina

Contacto: alejandro.ramon@gmail.com


1 comentario:

Horacio dijo...

RECONOCIMIENTO AL CAPITÁN RUFINO SOLANO, SINGULAR PERSONAJE HISTÓRICO DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES Y DE ARGENTINA.-

Hace casi un siglo, a la edad de 76 años, dejaba de existir el capitán azuleño don Rufino Solano. Este muy particular militar, recordado como “El diplomático de las pampas”, desplegó inigualables acciones en favor de la paz, la libertad y la vida en la denominada “frontera del desierto”. Como resultado de estas acciones Rufino Solano, mediante su trato proverbial con el aborigen, consiguió redimir PERSONALMENTE a centenares de mujeres, niños y otros prisioneros, de ambos bandos, impulsado siempre por un notable y especial sentimiento hacia el género, encarnado en la lacerada figura de la cautiva.
Asimismo, se destacan entre sus acciones, el haber evitado sangrientos enfrentamientos mediante sus prodigiosos oficios de mediador y pacificador, pactando con los máximos caciques indígenas (Calfucurá, Namuncurá, Pincén, Catriel, Coliqueo, Sayhueque, entre muchos más), numerosos acuerdos de paz y de canjes de prisioneros. Realizando esta arriesgada tarea en beneficio de la población de Azul y de numerosas localidades de la Provincia de Buenos Aires e incluso de otras provincias aledañas. Entre otras significativas intervenciones del capitán Rufino Solano, se encuentra la de haber formado parte de los cimientes que dieron origen a las actuales ciudades de Olavarría y San Carlos de Bolívar, entre otras más.-
En el plano religioso, cumplió destacado protagonismo sirviendo de enlace en la acción evangelizadora hacia el aborigen llevada a cabo por la Iglesia de aquella época. En cumplimiento de esta última actividad, se lo vio prestando estrecha y activa colaboración al Padre Jorge María Salvaire, fundador de la Gran Basílica de Luján denominado “El misionero del desierto y de la Virgen del Luján” (participó en la célebre expedición a los toldos del cacique Namuncurá) y actuando de ineludible interlocutor entre los jerarcas aborígenes y el Arzobispado de la ciudad de Buenos Aires, en la persona del Arzobispo Dr. León Federico Aneiros, llamado “El Padre de los Indios”.
Esta encomiable labor del capitán Rufino Solano fue desarrollada durante sus más de veinte años de carrera militar y continuó ejerciéndola después de su retiro hasta su muerte, ocurrida en 1913. Actualmente obra en la Legislatura de la Pcia. de Buenos Aires, un proyecto de ley para declararlo Ciudadano Ilustre de dicha provincia.-
http://elcapitanrufinosolano.blogspot.com
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